Casey era grande y alto, como solían reclutarlos en los Road Saints, la banda de moteros, o club, como sus miembros preferían que fuera conocido. Durante su estancia en la prisión de Lancaster se había cortado el pelo y se había afeitado, siguiendo mis instrucciones, y tenía un aspecto razonablemente presentable, salvo por los tatuajes en ambos brazos que también asomaban por encima del cuello de la camisa. Se hace lo que se puede. No sé demasiado acerca del efecto de los tatuajes en un jurado, aunque sospecho que no es demasiado positivo, especialmente cuando se trata de calaveras sonrientes. Sé que a los miembros del jurado en general no les gustan demasiado las colas de caballo, ni en los acusados ni en los abogados que los representan.

Casey estaba acusado de cultivo, posesión y venta de marihuana, así como de otros cargos relacionados con drogas y armas. Los ayudantes del sheriff, al llevar a cabo un asalto antes del amanecer al rancho en el que vivía y trabajaba, encontraron un granero y un cobertizo prefabricado que habían sido convertidos en un invernadero. Se requisaron más de dos mil plantas plenamente maduras junto con veintiocho kilos de marihuana cosechada y empaquetada en bolsas de plástico de pesos diversos. Además, se requisaron más de trescientos gramos de metanfetamina, que los empaquetadores espolvoreaban en la cosecha para darle un punto adicional, así como un pequeño arsenal de armas, muchas de las cuales, según posteriormente se determinó, eran robadas.

Todo indicaba que Casey lo tenía crudo. El estado lo había pillado bien. De hecho, lo encontraron dormido en un sofá en el granero, a metro y medio de la mesa de empaquetado. Por si eso fuera poco, había sido condenado dos veces por delitos de drogas y en ese momento continuaba en libertad condicional por el caso más reciente. En el estado de California, el tercer delito es la clave. Siendo realistas, Casey se enfrentaba al menos a una década en prisión, incluso con buen comportamiento.



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