
Sin embargo, lo inusual en Casey era que se trataba de un acusado ansioso por enfrentarse al juicio e incluso a la posibilidad de una condena. Había decidido no declinar su derecho a un juicio rápido y ahora, menos de tres meses después de su detención, esperaba con avidez que se celebrara la vista. Estaba ansioso porque sabía que su única esperanza radicaba en su apelación de esa condena probable. Gracias a su abogado, Casey atisbo un rayo de esperanza, esa lucecita titilante que sólo un buen abogado puede aportar a un caso oscuro como ése. A partir de ese rayo de esperanza nació una estrategia que en última instancia podría funcionar para liberar a Casey. La estrategia era osada y le costaría a Casey pasar un tiempo en prisión mientras esperaba la apelación, pero él sabía tan bien como yo que era la única oportunidad real con que contaba.
La fisura en el caso del estado no estaba en su suposición de que Casey era cultivador, empaquetador y vendedor de marihuana. La fiscalía estaba absolutamente en lo cierto en estas suposiciones y había pruebas más que suficientes de ello. Era en cómo el estado había obtenido esas pruebas donde el caso se tambaleaba sobre unos cimientos poco firmes. Mi trabajo consistía en sondear esa fisura en el juicio, explotarla, ponerla en el acta y luego convencer a un jurado de apelación de que se desestimaran las pruebas del caso, algo de lo que no había logrado convencer al juez Orton Powell durante la moción previa al juicio.
La semilla de la acusación de Harold Casey se plantó un martes de mediados de diciembre cuando Casey entró en un Home Depot de Lancaster y llevó a cabo diversas compras cotidianas, entre ellas la de tres bombillas de la variedad que se utiliza en el cultivo hidropónico. Resultó que el hombre que tenía detrás en la cola de la caja era un ayudante del sheriff fuera de servicio que iba a comprar sus luces de Navidad.
