
Ambos estaban demasiado cansados para cenar, o para asistir a completas. Que yo sepa, se acostaron nada más llegar. Pero al día siguiente, a la hora de maitines, vi al padre Augustin sentado en el coro frente a mí, y después de tercia, me reuní con él en su celda. (Para lo cual, como es lógico, nos concedieron un permiso especial.) Debo aclarar que en el priorato de Lazet, a los hermanos nombrados para servir en el Santo Oficio se les concede el mismo privilegio del que goza nuestro lector y bibliotecario, es decir, ocupar una celda individual, y permiso para cerrar la puerta de su celda. No obstante, el padre Augustin no cerraba su puerta.
– Prefiero no hablar de temas heréticos en un lugar consagrado a Dios -me explicó-. Por tanto, y a ser posible, hablaremos sobre los vástagos del Anticristo sólo cuando los ataquemos, en lugar de emponzoñar el aire del priorato con obras y pensamientos perversos. Por consiguiente, no veo la necesidad de sigilo ni de puertas cerradas en este lugar.
Yo me mostré de acuerdo con él. Luego el padre Augustin me pidió, con tono solemne, que rezara con él para pedir a Dios que bendijera nuestros esfuerzos por eliminar del país esta morbilidad herética.
