Mientras Rohan, inmóvil, contemplaba el paisaje, los dos hombres, sin prisa, con movimientos que eran ya automáticos al cabo de tantos años de práctica, efectuaban las mediciones rutinarias, recogían en pequeñas cajas muestras del aire, la arena y las rocas, y con la ayuda de una sonda portátil (cuya caja era llevada por el arctano) medían la radiactividad del suelo. Rohan no prestaba atención a las actividades que desplegaban los hombres. La máscara de oxígeno sólo le cubría la nariz y la boca. Se había quitado el liviano casco de protección y tenía los ojos y la cabeza al aire libre. Sentía que el viento le despeinaba los cabellos; los granos de arena se le posaban delicadamente sobre la cara y se le deslizaban con un cosquilleo entre los rebordes plásticos de la máscara y las mejillas. Los anchos pantalones del traje del espacio restallaban sacudidos por el viento. El disco del sol, agigantado, y que ahora podía mirar fijamente un instante, empezaba a ocultarse detrás del cohete. El viento silbaba, obstinado. Como el campo de fuerza que envolvía la nave no impedía la libre circulación de los gases, Rohan no alcanzaba a distinguir dónde se alzaba, por encima de la arena, aquella muralla invisible.

El espacio inmenso que se extendía alrededor estaba muerto, como si ningún hombre hubiese puesto allí el pie, como si no hubiera sido este el planeta que había devorado a una nave tan grande como El Invencible, junto con ochenta tripulantes; un enorme crucero del espacio, experimentado, que podía desarrollar en una fracción de segundo una potencia de varios millones de kilovatios, de transformarla en un campo energético que ningún cuerpo material podría atravesar, de concentrarla en rayos destructores a la temperatura de una estrella incandescente y capaces de reducir a cenizas una cadena de montañas o de secar océanos enteros. Y sin embargo, aquí había perecido ese organismo de acero construido en la Tierra, fruto de varios siglos de expansión tecnológica, sin dejar ningún rastro, sin haber lanzado un S.O.S., como si se hubiese desvanecido en ese desierto gris y rojo.



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