¡Y todo el continente tiene el mismo aspecto! pensó Roban. Recordaba muy bien lo que viera a la distancia: los interminables boquetes de los cráteres, las encaradas vertientes; el único movimiento que jamás se interrumpía era la carrera lenta, incesante de las nubes, arrastrando sombras a través del interminable desierto de dunas.

Actividad? — preguntó, sin volverse.

— Cero, cero dos — respondió Jordan; de rodillas en el suelo, se puso lentamente de pie. Tenía las mejillas encendidas, los ojos brillantes. La máscara de oxígeno le desfiguraba la voz.

Prácticamente, menos que nada, pensó Rohan. Por otro lado, no era posible que los tripulantes de El Cóndor hubiesen muerto a causa de una negligencia tan burda. Aunque nadie se hubiese preocupado por efectuar los controles de rutina, los detectores automáticos habrían dado la alarma.

— Azoe, setenta y ocho por ciento; argón, dos por ciento; anhídrido carbónico, cero; metano, cuatro por ciento; el resto es oxígeno.

— ¿Dieciséis por ciento de oxígeno? ¿Está seguro?

— No hay posibilidad de error.

— ¿Radiactividad del aire?

— Prácticamente nula.

Era extraño que hubiese tanto oxígeno. Rohan estaba perplejo. Se aproximó al robot, que le tendió inmediatamente el estuche de instrumentos.

Quizá hayan intentado prescindir de las máscaras de oxígeno, se dijo, lo que era obviamente absurdo. De tanto en tanto, sí, algún hombre, más consumido que los otros por el deseo de volver a la Tierra, se quitaba la máscara pese a las prohibiciones, pues la atmósfera parecía tan pura, tan fresca… y moría asfixiado. Esto habría podido sucederle a uno, acaso a dos hombres a lo sumo.



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