
— ¿Han terminado con todo? — preguntó.
— Sí.
— Vuelvan a la nave, entonces.
— ¿Y usted, oficial?
— Yo me quedaré un rato más. Vuelvan a la nave — repitió Rohan con impaciencia.
Quería estar solo. Blank se echó al hombro la correa que sujetaba las asas de los recipientes; Jordan le tendió la sonda al robot, y los dos se marcharon arrastrando penosamente los pies, seguidos por el arctano que parecía un hombre disfrazado.
Rohan se encaminó a la duna más próxima. Ya allí alcanzó a ver, emergiendo de la arena, un orificio de boca ensanchada: uno de los emisores que creaban el campo energético protector. No tanto para corroborar la presencia del campo magnético como movido por un impulso infantil, levantó un puñado de arena y lo arrojó a lo lejos. La arena se desplegó en una larga cinta, y luego, como si chocara con un muro invisible e inclinado, cayó verticalmente para desparramarse por el suelo.
Las manos le escocían de deseos de quitarse la máscara. No era una sensación nueva para él, la había experimentado muchas veces: escupir el tapón de caucho, arrancar las correas, llenarse de aire los pulmones, hasta el último alvéolo…
Me estoy dejando llevar por mis impulsos, se dijo. Giró lentamente sobre sus talones y se encaminó a la astronave. La cabina del ascensor lo esperaba, vacía, la plataforma ligeramente hundida en la duna; habían pasado unos pocos minutos, y ya el viento había tapizado los revestimientos con una fina capa de arena.
En el corredor del quinto nivel echó una ojeada al panel del muro. El comandante estaba en la cabina de observación estelar. Rohan subió hasta allí.
— En una palabra, un mundo idílico — comentó Horpach cuando le hubo comunicado sus observaciones —. No hay radiactividad, no hay vestigios de esporos, bacterias, moho; ningún virus, nada… nada excepto ese oxígeno. En todo caso, habrá que preparar cultivos con las muestras.
