
— Ya están en el laboratorio. Quizá haya vida en otros continentes del planeta — acotó Rohan sin mucha convicción.
— Lo dudo. No me parece que haya irradiación solar suficiente más allá de la zona ecuatorial. ¿No reparó en los casquetes de los polos? Estoy seguro de que el manto glacial tiene allí de ocho a diez mil metros de altura. Me parece más verosímil que encontremos vida en el océano, quizá algas o plantas acuáticas… Pero, ¿por que la vida no habrá pasado del agua a la tierra firme?
— Tendremos que estudiar ese océano detenidamente — dijo Rohan.
— Es demasiado pronto para. pedir a nuestros hombres datos más definidos, pero me parece que este es un planeta muy viejo. Yo diría que ha de tener varios miles de millones de años. El sol mismo alcanzó su máximo esplendor en épocas ya remotas. Ahora es apenas algo más que una estrella roja enana. Sí, esta ausencia total de vida en tierra es inquietante. Quizá una especie particular de evolución que no puede soportar la sequía; eso ha de ser. Lo cual explicaría la presencia de oxígeno, pero no la desaparición de El Cóndor.
— Tal vez ciertas formas de vida, criaturas que viven sumergidas en las profundidades del océano, y que han creado una civilización en los fondos abisales — sugirió Rohan.
Los dos hombres estudiaron un enorme mapa del planeta, relevado de acuerdo con la proyección de Mercator, y por lo demás inexacto, pues había sido trazado de acuerdo con las coordenadas obtenidas por las sondas automáticas, un siglo atrás. Sólo señalaba los contornos de los principales continentes y océanos, la extensión aproximada de los casquetes polares y los cráteres más importantes. Un punto rodeado de un círculo rojo se destacaba en la red cuadriculada de los paralelos y meridianos, a los 8° de latitud norte, el lugar donde ellos habían descendido. El astronauta apartó el mapa con un ademán de impaciencia.
