
— ¿Cómo puede usted creer tamaño disparate? — replicó —. Tressor no era más tonto que nosotros, no es posible que se haya rendido ante unas cuantas bestias submarinas. ¡Es absurdo! Además, aun suponiendo que aquí existieran criaturas marinas inteligentes, lo primero que habrían hecho sería adueñarse de la tierra firme. Utilizando, por ejemplo, escafandras de agua oceánica. Absurdo, descabellado — insistió, no para desahuciar de manera definitiva la hipótesis de Rohan, sino sencillamente porque ya estaba pensando en otra cosa —. Permaneceremos aquí algún tiempo — decidió por último. Tocó el borde inferior del mapa, que con un ligero zumbido se enrolló sobre sí mismo y desapareció en un casillero del archivo —. Wait and see.
— ¿Y si nada sucede? — inquirió Rohan con cautela.
— Saldremos a buscarlo?
— Rohan, sea racional. Seis años estelares y semejante…
El astronauta buscó la expresión adecuada, y la reemplazó por un movimiento displicente de la mano.
— Este planeta — prosiguió- es tan grande como Marte. ¿Cómo los buscaríamos? O mejor dicho, ¿como localizaríamos a El Cóndor?
— Es cierto — admitió Rohan a regañadientes —, el suelo es aquí muy ferruginoso.
Era verdad; los análisis habían revelado que el suelo contenía un alto porcentaje de óxidos ferrosos, lo cual tornaba inutilizables los índices de inducción ferromagnética. Sin saber qué decir. Roban optó por guardar silencio. Estaba convencido de que el comandante terminaría por encontrar una solución. Sea como fuere, no podían volver con las manos vacías. Esperó, mientras observaba las tupidas cejas de Horpach erizadas de pelillos blancos.
— Para serle franco, no estoy tan seguro de que estas cuarenta y ocho horas de espera den algún resultado positivo, pero el reglamento lo exige — confesó repentinamente el astronauta —. ¡Siéntese, Rohan! Plantado ahí, parece la viva encarnación de mi conciencia. Regis es el lugar más estúpido que se pueda imaginar. El súmmum de la idiotez. Vaya uno a saber por qué nos mandaron aquí en busca de El Cóndor… Poco importa, por lo demás, desde el momento en que las cosas son como son.
