
Se interrumpió. Estaba de mal humor y como siempre en estos casos hablaba demasiado y discutía con facilidad, lo cual no dejaba de entrañar un peligro, pues en cualquier momento podía ocurrírsele alguna salida maligna.
— Vayamos al grano. En el peor de los casos, algo tendremos que hacer. ¿Quiere que le diga lo que yo propongo? Poner algunos fotoobservadores en órbita ecuatorial. Pero es preciso que la órbita sea perfectamente circular y a escasa altura. A una distancia de unos setenta kilómetros.
— Pero estaríamos todavía en la banda de la ionosfera — objetó Rohan —. Al cabo de una treintena de revoluciones los aparatos estarán completamente consumidos.
— Que se consuman. Pero antes, habrán tomado una serie de fotografías. Hasta le aconsejaría que se arriesgara a colocarlos a sesenta kilómetros. Probablemente se consumirán a la décima revolución, pero sólo las fotos tomadas a esta altura pueden proporcionarnos datos relativamente útiles. ¿Sabe usted cómo se ve un cohete observado desde una distancia de cien kilómetros, incluso con el mejor teleobjetivo? ¡Una cabeza de alfiler sería un macizo montañoso comparado con ese cohete! Empiece ahora mismo… ¡Rohan!
Al oír el llamado imperioso del comandante, Rohan. que estaba va cerca de la puerta, dio media vuelta
Horpach arrojó sobre la mesa una hoja de papel, el informe sobre el resultado de los análisis.
— ¿Qué significa esto? ¿Qué quiere decir este nuevo disparate? ¿Quién escribió este informe?
— El autómata. ¿Qué pasa? — preguntó Rohan, tratando de conservar la calma.
Ahora se va a desquitar conmigo, pensó, acercándose con paso deliberadamente lento.
