
— Lea. Aquí. Sí, aquí.
— Metano, cuatro por ciento — leyó Rohan —. ¡Cuatro por ciento! — repitió, perplejo.
— Sí, cuatro por ciento de metano. Eso dice. Y dieciséis por ciento de oxígeno. ¿Sabe lo que esto significa? ¡Una mezcla detonante! ¡A ver si se digna explicarme cómo es que no estalló toda la atmósfera cuando aterrizamos aquí con los reactores de borano!
— En verdad… no entiendo absolutamente nada — balbuceó Rohan.
Se precipitó al panel de control, hizo entrar por las rejillas de ventilación un poco de aire atmosférico del planeta, y en tanto el astronauta se paseaba nerviosamente por la cabina en un silencio ominoso, se puso a observar los analizadores que hacían tintinear con diligencia los utensilios de vidrio.
— Bueno, ¿y qué?
— El mismo resultado: metano cuatro por ciento, oxígeno dieciséis por ciento — anunció Rohan.
Aunque no comprendía absolutamente nada, sentía cierta satisfacción: por lo menos ahora Horpach no tendría nada que reprocharle.
— ¡A ver, muéstreme eso! Metano cuatro por ciento. Maldita sea, tiene usted razón. Está bien, Rohan, las sondas en órbita, y luego tenga la bondad de venir al pequeño laboratorio. ¿Para qué hemos traído a nuestros hombres de ciencia? ¡Que sean ellos los que se rompan la cabeza!
Rohan bajó por el ascensor, llamó a dos técnicos en cohetes y les transmitió las instrucciones del astronauta. Luego volvió al segundo nivel, donde se encontraban los laboratorios y las cabinas de los científicos. Pasó de largo frente a una serie de puertas, provistas todas ellas de placas metálicas con dos iniciales: «I.P.», «F.P.», «T.P.», «B.P.», y muchas otras. Las puertas del laboratorio pequeño estaban abiertas de par en par; la voz grave del astronauta se superponía de tanto en tanto a las frases monótonas de los expertos. Todos los «jefes» se encontraban allí reunidos: el ingeniero jefe, el jefe del laboratorio biológico, el jefe del departamento de física, el médico jefe y todos los técnicos de la sala de máquinas. El astronauta estaba sentado en el sillón más alejado, junto al programador electrónico de la computadora auxiliar. Frente a él, Moderon, frotándose las manos atezadas y delgadas, casi femeninas, decía en ese momento.
