— No soy especialista en la química de los gases, pero no creo, sin embargo, que se trate de simple metano. La energía de los enlaces químicos es diferente, aunque la diferencia sólo aparezca en el centésimo decimal. Sólo reacciona con el oxígeno en presencia de un agente catalizador, y aun en esos casos, con bastantes dificultades.

— ¿De dónde procede este metano? — preguntó Horpach, apretándose las articulaciones de los dedos.

— El carbono, en todo caso, es de origen orgánico. No hay mucho, pero no cabe ninguna duda…

— ¿Isótopos? Este metano es viejo. ¿Qué edad podrá tener?

— Entre dos y quince millones de años.

— ¡Se concede usted un amplio margen de error!

— Hemos tenido sólo media hora. No puedo decirle nada más.

— ¡Doctor Quastler! ¿De qué origen es este metano?

— No lo sé.

Horpach miró, uno tras otro, a todos los especialistas. Por un instante pareció que iba a estallar en un acceso de cólera; pero de pronto sonrió.

— Sin embargo, señores, todos ustedes son gente experimentada. Hace mucho tiempo que volamos juntos. Lo que pido es la opinión de ustedes. ¿Qué debemos hacer en estas circunstancias? ¿Por dónde empezar?

Como ninguno parecía dispuesto a responder, el biólogo Joppe, uno de los pocos que no temía los arranques de ira de Horpach dijo tranquilamente. sin rehuir la mirada del astronauta:

— Este no es un planeta ordinario de la clase subDelta 92. Si lo fuese, El Cóndor no habría desaparecido. Considerando que llevaba a bordo expertos que no eran ni mejores ni peores que nosotros, lo único que cabe suponer es que no supieron cómo evitar la catástrofe. Lo cual nos deja una sola alternativa: atenernos al procedimiento de tercer grado y proceder al estudio de la tierra firme y el océano. Creo que para empezar habría que perforar el suelo y extraer muestras para análisis geológicos, y estudiar a la vez el agua de mar. Cualquier otra cosa sería una mera hipótesis, y dadas las circunstancias no podemos permitirnos ese riesgo.



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