
— De acuerdo. — Horpach apretó fuertemente las mandíbulas. — Una perforación dentro del perímetro del campo de fuerza no es ningún problema. De eso podrá ocuparse el doctor Nowik.
El geólogo jefe asintió con un movimiento de cabeza.
— En cuanto al océano… ¿A qué distancia queda el litoral, Rohan?
— A unos doscientos kilómetros — respondió el navegante. No le sorprendió que Horpach, que le daba la espalda y no podía verlo, supiera que él estaba allí, de pie, en el vano de la puerta.
— Un poco lejos; sin embargo, no vamos a desplazar a El Invencible. Lleve el número de hombres que considere necesario, Rohan, vaya con Fitzpatrick, uno de los oceanógrafos, unos pocos especialistas en biología marina y seis ergo-robots de la reserva. Vaya con este plantel al litoral. Muévase exclusivamente dentro de los límites de la pantalla protectora del campo de fuerza. Nada de expediciones al mar, ninguna zambullida. También le pediré que no desperdicie a los autómatas; no nos sobran. ¿Entendido? Adelante, entonces, puede comenzar ahora mismo. ¡Ah, sí! Un detalle más. La atmósfera del planeta ¿es respirable?
Los médicos cuchichearon entre ellos.
— En principio, sí — respondió el cabo Stormont, sin mucha convicción,
— ¿Qué significa «en principio»? ¿Es o no respirable?
— La proporción de metano es excesiva. Al cabo de algún tiempo saturará la sangre, trastornando al cerebro. Desmayos… pero no antes de una hora, o quizá más.
— ¿Y si utilizáramos filtros de metano?
