
— No, comandante. No sería práctico. Se necesitarían muchos, y habría que cambiarlos con frecuencia además, el contenido de oxígeno del aire es demasiado bajo. Yo, personalmente, soy partidario de las máscaras de oxígeno.
— Hmm. Y los demás, ¿están de acuerdo?
Witte y Eldjarn inclinaron la cabeza, asintiendo. Horpach se puso de pie.
— Entendido, entonces. ¡Manos a la obra, Rohan! ¿ Qué hay de las sondas?
— Vamos a lanzarlas dentro de un instante. ¿Puedo controlar las órbitas antes de partir?
— Puede.
Rohan dio media vuelta y se alejó con paso rápido del bullicioso laboratorio. Cuando entró en la cabina de control, el sol se ponía en el horizonte, tan sombrío que el sector inflamado del disco delineaba con un púrpura casi violáceo el dentado contorno de un cráter. El cielo, densamente tachonado de estrellas, parecía mucho más profundo en esta región de la galaxia. En el horizonte empezaban a encenderse las grandes constelaciones, mientras el desierto desaparecía en las tinieblas.
Rohan llamó a la rampa de lanzamiento de proa. Se acababa de dar la orden de partida de los dos primeros fotosatélites. Los siguientes serían lanzados una hora más tarde. Dentro de veinticuatro horas, las fotografías diurnas y nocturnas de los dos hemisferios del planeta proporcionarían a los tripulantes de El Invencible una imagen completa de la zona ecuatorial.
— Un minuto, treinta y un segundo… azimut siete. Me remonto — repetía en el altoparlante una voz cantarina.
Rohan bajó el volumen y volvió el sillón hacia el tablero. Jamás lo confesaría. pero el juego de luces que acompañaba a la puesta en órbita de un satélite le parecía siempre fascinante. Primero las luces rojas, blancas y azules del cohete de refuerzo. Luego el canturreo del autómata que daba la orden de partida. En el momento en que el rítmico recuento descendente llegó a cero, un ligero temblor sacudió la estructura de la nave.
