
Rohan verificó rápidamente los parámetros de la órbita, pero tanto el perigeo como el apogeo eran los previstos. Ya no tenía nada que hacer allí. Miró el reloj del puente, que indicaba las dieciocho, y luego el reloj local, que ahora tenía un significado: eran las once de la noche. Cerró un instante los ojos. La perspectiva de aquella expedición a la costa lo entusiasmaba: le agradaba tener cierta libertad de acción. Estaba hambriento y con sueño. Se preguntó si una píldora bastaría para devolverle la lucidez, pero decidió que era preferible cenar. Al levantarse advirtió que estaba muy cansado. La sorpresa de esta comprobación lo reanimó de algún modo. Se encaminó al rancho' donde lo esperaban los otros miembros del equipo: los dos conductores de vehículos sobre colchones de aire, uno de ellos Jarg, hombre de un buen humor imperturbable por quien sentía una viva simpatía. También estaban allí Fitzpaqntrick, el oceanógrafo, y des colegas, Broz y Koechlin. Todos terminaban de cenar cuando Rohan pidió una sopa caliente y fue hasta el distribuidor mural automático en busca de pan y un par de botellas de cerveza sin alcohol. En el momento en que volvía con una bandeja, el suelo se estremeció ligeramente. El Invencible acababa de lanzar el segundo satélite.
