El comandante no quiso que partieran de noche. Salieron a las cinco, hora local, poco antes de la salida del sol. Avanzaban en orden y con tanta lentitud que bautizaron a la formación con el nombre de «cortejo fúnebre». A la cabeza de la procesión y también cerrando la retaguardia iban los ergo-robots, que habían levantado alrededor un campo de fuerza elipsoidal que protegía las máquinas: los vehículos que se desplazaban sobre almohadillas de aire, los jeeps que transportaban las instalaciones de radio y de radar, la cocina portátil, las herméticas casas rodantes, y el pequeño tractor-oruga en el que iba el rayo láser, vulgarmente llamado «punzón».

Rohan y los tres científicos se encaramaron en el ergo-robot que encabezaba la marcha: no era, en verdad, un vehículo muy espacioso y confortable para tres pasajeros, pero creaba al menos cierta ilusión de normalidad. Toda la caravana debía adaptarse al ritmo de marcha de estos ergo-robots, las máquinas más lentas del equipo. No era, por cierto, un viaje de placer. Las orugas aullaban y chirriaban en la arena, los motores de turbina zumbaban como mosquitos elefantinos; el aire fresco soplaba a través de las rejillas del climatizador justo detrás de los asientos. El ergo-robot avanzaba como una pesada chalupa sacudida por el oleaje.

Pronto la aguja negra de El Invencible desapareció en el horizonte. Durante algún tiempo avanzaron por un desierto monótono, alumbrados por los rayos horizontales de un sol frío y de color rojo sangre.

Al cabo de un rato, el paisaje empezó a cambiar. La arena era menos espesa ahora, y dejaba al desnudo unas pendientes rocosas que los obligaban a frecuentes desvíos.



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