Para proteger al grupo de trabajo con el auxilio del campo de fuerza, era preciso llevar a cabo una maniobra complicada: había que hacer entrar en el agua al ergorobot que encabezaba la columna. La máquina, herméticamente cerrada, dirigida desde lejos por el segundo ergo-robot, se hundió en la rompiente, levantando una cascada de espuma. Al cabo de un momento fue sólo una mancha oscura, apenas visible en las profundidades del océano. Obedeciendo a una señal enviada desde el puente central de transmisión, el coloso sumergido sacó a la superficie un emisor Dirac. Y entonces, una vez establecido el campo, cuyo hemisferio invisible cubría parte de la orilla y de las aguas circundantes, los técnicos iniciaron sus investigaciones.

La salinidad del océano era ligeramente inferior a la de los mares terrestres, pero no había diferencias importantes. Al cabo de dos horas de labor, casi tan a ciegas como al principio, lanzaron mar afuera dos sondas teledirigidas, y siguieron el recorrido en las pantallas. Sólo cuando las sondas se perdieron de vista en el horizonte, llegaron otras informaciones, más interesantes. Había organismos vivos, semejantes a peces, en las aguas del océano. Cada vez que las ondas se les acercaban, las criaturas acuáticas se dispersaban a una velocidad fantástica, buscando refugio en el lecho del mar. Los radares sónicos localizaron los primeros indicios de vida orgánica a ciento cincuenta metros por debajo de la superficie del océano.

Broza insistió en la necesidad de atrapar un pez. En las aguas oscuras, las sondas perseguían a aquellas sombras fugaces con descargas eléctricas, pero la agilidad de las supuestas criaturas era inverosímil. Fueron necesarios muchos intentos antes que consiguieran atrapar un pez entre. las pinzas de la sonda. Inmediatamente lo llevaron a tierra.

Mientras tanto, Koechlin y Fitzpatrick habían lanzado otra sonda mar afuera, recogiendo unas muestras fibrosas.



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