
Una vez que las dos sondas regresaron a la base, los biólogos se pusieron a trabajar. Entretanto habían montado ya una de las casetas, donde los hombres podían quitarse las incómodas máscaras de oxígeno. Allí Rohan, Jarg y los otros cinco disfrutaron de la primera comida caliente de la jornada.
Consagraron el resto del día a recoger muestras de minerales, a estudiar la radiactividad del fondo del océano, a medir la insolación y a otra multitud de tareas tediosas pero imprescindibles si querían obtener resultados fidedignos. Al anochecer ya habían terminado. Y cuando Horpach llamó, Rohan pudo acercarse al micrófono con la conciencia tranquila. El océano estaba poblado por seres vivos que evitaban aproximarse a la costa. El organismo del pez que habían disecado no presentaba ninguna particularidad. De acuerdo con los datos que habían recogido, la evolución de la vida en Regis III debía de remontarse a varios centenares de millones de años. Habían encontrado también grandes cantidades de algas verdes, lo que explicaba la presencia de oxígeno en la atmósfera. La división de los organismos vivos en flora y fauna era la típica; también eran típicas las estructuras óseas de los vertebrados. Un solo órgano del espécimen acuático examinado por los biólogos no tenia equivalente en la vida terrestre: era un órgano sensorio que reaccionaba intensamente a las variaciones infinitesimales del campo magnético.
