
— Aterrizaje puntual en el nadir.
El gemido incesante de las turbinas llenaba la nave. Un haz cónico de luz verde unió el casco a la humeante superficie rocosa. En los puentes centrales, nubes de arena oscurecieron los periscopios; en las pantallas de radar de la cabina de comando, los contornos del paisaje aparecían y desaparecían como bajo la enloquecida furia de un tifón. — Cerrar los contactos.
El fuego comprimido crepitaba bajo la popa, aplastado milímetro a milímetro bajo el peso de la astronave en descenso el infierno verde proyectaba unas lenguas que se hundían en las nubes de arena. El espacio que separaba a la popa de la ardiente roca de basalto parecía ahora un lagarto, una estría de fuego verde.
— Cero cero. Detener todos los motores.
Una campanilla. Un golpe, sólo uno, como si UN gigantesco corazón hubiera estallado. El cohete se había detenido. El ingeniero jefe, de pie, aferraba con ambas manos las palancas de los reactores de emergencia, como temiendo que la roca cediera. Todos esperaban. La aguja del segundero avanzaba con un enervante ritmo de insecto. El comandante observó un instante el indicador de la vertical: la lucecita plateada no se apartaba del Cero rojo.
Todos guardaban silencio. Las toberas enrojecidas empezaron a contraerse, emitiendo unos gemidos roncos. La nube rojiza, levantada a centenares de metros de altura, descendió lentamente. La nariz achatada de la nave apareció primero; luego los flancos chamuscados por la fricción de la atmósfera, ahora del color de la milenaria roca basáltica. El torbellino de arenas rojizas seguía girando alrededor de la popa, pero la nave ya no se movía, como si se hubiese transformado en una parte del planeta y girase junto con él, con un movimiento lánguido que parecía proseguir ininterrumpidamente desde hacía muchos siglos, bajo un cielo violeta tachonado de estrellas brillantes, que sólo se oscurecían en las cercanías del sol rojo.
