
— ¿Procedimiento normal?
El astronauta, inclinado sobre el libro de bitácora, donde acababa de inscribir en el centro de una página la hora exacta del descenso, junto al nombre del planeta — Regis III —, alzó los ojos.
— No, Rohan. Comenzaremos por el tercer grado. Rohan trató de no mostrarse sorprendido.
— Bueno. Sin embargo… — agregó con la familiaridad que algunas veces Horpach le toleraba- preferiría no ser yo quien tenga que decírselo a los hombres.
El astronauta no respondió, y tomando del brazo al oficial lo llevó hasta la pantalla encendida, como si ésta fuera una ventana. En la arena desplazada hacia ambos lados por el viento del aterrizaje había ahora una depresión chata, circundada por un anillo de móviles dunas. Desde una altura de dieciocho pisos, y a través de la superficie tricromática del ojo estereoscópico, que transmitía un cuadro fiel del mundo exterior, los dos hombres observaron el cono del cráter que se elevaba unos cinco kilómetros. La vertiente occidental desaparecía detrás del horizonte. Sobre la ladera oriental, agrietada y escarpada, se amontonaban unas sombras impenetrables. Los anchos regueros basálticos corrían a través de la arena como ríos de sangre coagulada. Una estrella brillante resplandecía en el cielo, casi en el borde superior de la pantalla estereoscópica. El cataclismo provocado por el descenso de El Invencible ya se había calmado; el viento del desierto, esa violenta masa de aire que circulaba sin cesar desde las zonas ecuatoriales hasta los polos del planeta, agitaba ya las primeras lenguas de arena bajo la popa de la nave, como empeñado en restañar pacientemente la herida infligida por el fuego de las pilas. El astronauta conectó la red de micrófonos exteriores y un aullido lejano y estridente se sumó al chasquido de las ráfagas de arena que azotaban la nave y llenó el vasto espacio de la cabina de mando. Al cabo de un momento el astronauta interrumpió el contacto.
