— Bueno — dijo con deliberada lentitud —. Pero El Cóndor nunca volvió, Rohan.

El otro apretó las mandíbulas. No quería discutir. Aunque había recorrido muchos parsecs con el comandante, nunca se había desarrollado entre ellos una amistad. ¿Acaso la diferencia de edad era demasiado grande? ¿O los peligros compartidos demasiado insignificantes? ¡Qué intransigente era ese hombre de cabellos casi tan blancos como su uniforme! Cien hombres o poco menos aguardaban silenciosos en sus puestos; el intenso trabajo que precediera a las últimas maniobras, las trescientas horas de desaceleración de la energía cinética acumulada en cada átomo de El Invencible, la puesta en órbita y el descenso, todo eso había sido obra de ellos: cerca de cien hombres que desde hacía meses no escuchaban el rumor del viento y que habían aprendido a odiar el vacío como sólo puede odiarlo aquel que lo conoce. Pero el comandante no pensaba por cierto en todo eso. Cruzó con paso lento la cabina, y apoyándose en el respaldo de su sillón masculló en voz baja:

— No sabemos qué encontraremos aquí, Rohan. — Y en seguida, bruscamente:- Y ahora, ¿qué espera? Rohan se acercó con paso vivo al tablero de control, conectó los intercomunicadores y con voz temblorosa gritó

— ¡Atención, todos los niveles! Maniobra de descenso concluida. Procedimiento terrestre, tercer grado. Puente número ocho: preparar los ergo-robots. Puente número nueve: encender los reactores blindados. Técnicos de protección: a vuestros puestos. El resto de la tripulación a los puestos habituales. Nada más.

Mientras hablaba, mirando el ojo del amplificador, que vibraba de acuerdo con las modulaciones vocales, le pareció ver los rostros de los hombres alzándose hacia los altoparlantes, paralizados de estupefacción o de fría cólera. Ahora que habían entendido al fin, se oirían las primeras maldiciones.



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