Rebus beso a su hija.

– ¿Seguro que no quieres que te lleve?

Samantha negó con la cabeza.

– Voy a pie para digerir la pizza.

Rebus se metió las manos en los bolsillos y notó unos billetes debajo del pañuelo. Pensó en ofrecerle dinero -¿no es lo que hacían los padres?-, pero ella se echaría a reír. Tenía veinticuatro años y era independiente. Había querido incluso pagar la pizza alegando que ella había devorado media y él sólo había comido un trozo. Se llevaba el resto en la caja, bajo el brazo.

– Adiós, papá -dijo dándole un beso en la mejilla.

– ¿Hasta la semana que viene?

– Te llamaré. Los tres, a lo mejor…

Se refería a Ned Farlowe, su novio, y hablaba caminando hacia atrás. Le dirigió un último adiós con la mano y dio media vuelta mirando atenta al tráfico moviendo la cabeza a un lado y a otro mientras cruzaba sin volverse. En la acera se dio la vuelta y al verlo, seguía mirándola, volvió a decirle adiós con la mano. Un joven que pasaba mirando al suelo, con el cordón negro de los auriculares colgado del cuello, estuvo a punto de tropezar con ella. «Vamos, vuélvete a mirarla -dijo Rebus para sus adentros-. ¿No es una maravilla?» Pero el joven continuó con paso cansino sin fijarse en ella.

Después, Sammy dio la vuelta a la esquina y ya no la vio más. Ahora sólo cabía imaginársela caminando y sujetando con fuerza la caja de pizza bajo el brazo izquierdo, la mirada fija al frente y tocándose con el dedo la oreja derecha en la que hacía poco se había hecho un tercer piercing. Él sabía que arrugaba la nariz cuando se le ocurría algo divertido y que para concentrarse se llevaba a la boca la punta de la solapa. Sabía que llevaba una pulsera de cuero trenzado, tres sortijas de plata y un reloj barato con correílla negra de plástico y esfera añil. Sabía que el castaño de su pelo era natural y que ahora se dirigía a una de esas fiestas del día de Guy Fawkes



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