Sabía poco sobre ella y por eso habían acordado la cena mediante un complicado proceso con cambio de citas y anulaciones en el último momento. Algunas por culpa de ella, pero casi todas por causa de él; aquella misma noche habría tenido que estar en otra parte. Se pasó la mano por la pechera de la chaqueta y sintió en el bolsillo interior el bulto de su bomba personal de relojería. Miró el reloj y vio que eran casi las nueve. Podía ir en coche o andando; no quedaba lejos.

Optó por el coche.

Edimburgo con fuegos artificiales. Hojas que estallan en mil surcos y se desploman desde el cielo. Bien pronto, la mañana que menos lo esperase, tendría que rascar la escarcha del parabrisas y sentiría el frío clavándosele en los riñones. En Edimburgo las primeras heladas llegaban antes a la parte sur que a la parte norte. Él, por supuesto, vivía y trabajaba en la parte sur. Después de una temporada en Craigmillar habían vuelto a destinarle a St. Leonard. Pensó en acercarse por allí; al fin y al cabo aún estaba de servicio. Pero tenía otros planes. Camino del coche pasó por delante de tres pubs. Gente charlando en la barra, cigarrillos, risas, aire cargado y tufo a alcohol. Conocía los pubs mejor que a su hija. Dos de aquellos locales tenían «portero». Ahora ya no se llamaban gorilas; eran porteros o administradores de entradas, tipos fortachones de pelo corto y genio vivo. Uno de ellos lucía falda escocesa, tenía el rostro adornado con cicatrices; fruncía el ceño y mostraba un cráneo rasurado a cero. Creyó recordar que se llamaba Wattie o Wallie: un sicario de Telford. Posiblemente todos lo fuesen. En la siguiente pared, una pintada: «¿Hay alguien dispuesto a ayudar?». Cinco palabras desparramadas por toda la ciudad.


Aparcó en la esquina de Flint Street y echó a andar. No había luz en ninguna de las plantas bajas de la calle salvo en un café y en un salón de juegos. Había una farola con la bombilla apagada pues la policía había recomendado al Ayuntamiento tomarse con parsimonia la sustitución: necesitaban cuanta ayuda fuera necesaria para el servicio de vigilancia. En algunos pisos sí había luz; junto a la acera, tres coches aparcados, pero sólo uno ocupado. Rebus abrió la portezuela trasera y subió a él.



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