
Un hombre ocupaba el asiento del volante, a su lado una mujer. Los dos tenían cara de frío y aburrimiento. Ella era la agente de policía Siobhan Clarke, compañera en St. Leonard hasta su reciente destino a la Brigada Criminal escocesa; el hombre era el sargento Claverhouse, veterano agente de esa brigada. Los dos formaban parte de un equipo que seguía los pasos a Tommy Telford las veinticuatro horas del día. Por los hombros hundidos y sus caras pálidas se advertía no sólo el tedio sino el convencimiento de lo inútil de aquel servicio de vigilancia.
Inútil porque Telford era el amo de la calle. Allí no aparcaba nadie por las buenas. Los otros dos coches eran Range Rovers pertenecientes a su banda, y cualquier vehículo que no fuera un Range Rover llamaba la atención. La Brigada Criminal disponía de una furgoneta habilitada para vigilancia, pero en Flint Street no habría servido pues cualquier furgoneta que aparcase más de cinco minutos llamaba inmediatamente la atención de los hombres de Telford, entrenados para ser corteses o amenazadores.
– Maldita vigilancia secreta -gruñó Claverhouse-. Más cuando de secreta no tiene nada y no hay nada que vigilar -añadió rompiendo con los dientes el envoltorio de un Snickers y ofreciendo el primer bocado a Siobhan Clarke, quien rehusó con un movimiento de cabeza.
– Lástima de esos pisos -comentó ella mirando por encima del parabrisas-. Son fantásticos.
– Sí, pero son de Telford -dijo Claverhouse con la boca llena de chocolate.
– ¿Están todos ocupados? -preguntó Rebus.
Sólo llevaba un minuto dentro del coche y ya se le habían helado los dedos de los pies.
– Algunos están vacíos pero Telford los utiliza de almacén -dijo Clarke.
