
– No hay Dios que entre o salga sin ser visto -añadió Claverhouse-. Hemos intentado infiltrar algún agente como empleado de la compañía eléctrica o fontanero.
– ¿Quién hizo de fontanero? -preguntó Rebus.
– Ormiston. ¿Por qué?
Rebus se encogió de hombros.
– Es que necesito arreglar un grifo del cuarto de baño.
Claverhouse sonrió. Era alto y flaco, con profundas ojeras y escaso cabello rubio. Por ser de palabra y movimientos pausados, la gente solía subestimarle, aunque quienes lo hacían llegaban en ocasiones a comprobar que merecía su apodo de «cabronazo».
Clarke miró su reloj.
– Queda hora y media para el cambio de turno.
– Podrías poner la calefacción -sugirió Rebus.
Claverhouse se volvió en el asiento.
– No paro de repetírselo, pero ella no quiere.
– ¿Por qué no? -inquirió Rebus intercambiando una mirada con Clarke por el retrovisor.
La joven sonreía.
– Porque -contestó Claverhouse- hay que poner el motor en marcha y eso es un despilfarro estando parado. El efecto invernadero, ya sabes.
– Cierto -afirmó Clarke.
Rebus hizo un guiño en dirección al reflejo del rostro de ella. Por lo visto Claverhouse la había aceptado, lo que significaba acogida incondicional por parte de toda la plantilla de Fettes. Él, eterno garbanzo negro, envidiaba aquella capacidad de adaptación.
– De todos modos esto no sirve de nada -prosiguió Claverhouse-. El cabrón sabe que estamos aquí. No tardaron ni veinte minutos en descubrir el truco de la furgoneta. Ormiston disfrazado de fontanero no pasó del portal, y ahora estamos aquí nosotros tres solos en la calle como unos gilipollas, llamando más la atención que si representásemos una pantomima en la misma acera.
– Presencia visible a modo de factor disuasorio -comentó Rebus.
– Sí, vamos, con unas noches más, seguro que Tommy vuelve al redil de la ley y el orden -comentó Claverhouse rebulléndose en el asiento buscando una postura cómoda-. ¿Has sabido algo de Candice?
