
Lo mismo que le había preguntado Sammy. Rebus dijo que no con la cabeza.
– ¿Sigues pensando que Tarawicz la raptó?
Rebus lanzó un bufido.
– No porque tú quieras que sea así tiene necesariamente que serlo. Te aconsejo que nos dejes esto a nosotros y te olvides de ella. Tienes que ocuparte de ese asunto del nazi.
– No me lo recuerdes.
– ¿Lograste localizar a Colquhoun?
– Se fue inesperadamente de vacaciones, dejando en la oficina la baja médica.
– Me parece que por culpa nuestra.
Rebus se percató de que acariciaba el bolsillo interior.
– ¿Telford está en el café o qué?
– Hará una hora que entró -dijo Clarke-. Al fondo hay una habitación que utiliza de despacho, pero por lo visto le gusta el salón recreativo donde hay juegos de esos con asiento en una moto para correr por un circuito.
– Necesitaríamos tener a alguien ahí dentro -dijo Claverhouse-. O instalar micrófonos.
– No hemos podido infiltrar un fontanero -dijo Rebus- y ¿tú crees que va a correr mejor suerte alguien que vaya con cables y micrófonos?
– Peor, tampoco -replicó Claverhouse poniendo la radio para sintonizar música.
– Por favor -suplicó Clarke- country y western, no.
Rebus miró hacia el café con buena iluminación y un visillo hasta media altura de la luna. En la parte superior se veía un letrero: «Bocadillos buenos y baratos» con un menú pegado al cristal, y en la acera había un canelón indicando el horario de 6:30 a 20:30. Pasaban ya sesenta minutos de la hora de cierre.. -¿Tiene los permisos en regla?
– Tiene abogados -dijo Clarke.
– Es por donde primero intentamos meterle mano -añadió Claverhouse-, pero ha solicitado que se prorrogue el horario nocturno y no serán los vecinos quienes se quejen.
– Bueno -dijo Rebus-, por más que sea un placer estar aquí con vosotros charlando…
