– Gracias. Un vaso de agua, por favor.

– Enseguida, alteza.

– Podría haberla traído otra persona -dijo el rey, desde el sillón que había ocupado frente al sofá-. Y podría estar atendiéndola otra persona.

– Nadie toca a mi mujer -replicó Reyhan entornando la mirada.

Su padre se levantó y fue hacia la puerta.

– Han pasado seis años, Reyhan. ¿Estás seguro de que aún quieres reclamar el título de marido?

Lo quisiera o no, el título seguía siendo suyo. Y también Emma.

Emma se sentía como si estuviera nadando contra la marea, pero en vez de agua, estaba atrapada por fuentes corrientes de aire que le impedían alcanzar la superficie. Los pensamientos se formaban y deshacían en su cabeza, y sentía el cuerpo muy pesado. Algo había ocurrido. Eso lo recordaba. Pero ¿qué?

Una superficie fría y suave se presionó contra su boca.

– Bébete esto -ordenó una voz masculina.

Emma separó los labios sin pensar siquiera en negarse y el agua se deslizó en su boca. Bebió agradecida y suspiró cuando el vaso se retiró. Sintiéndose mejor, abrió los ojos.

¡Oh, Dios… era él! Sus ojos no la habían engañado. Podía sentir su calor y su fuerza, sentado junto a ella en el sofá, con su cadera presionándole el muslo y una de sus manos tomándole la suya, mientras su penetrante mirada la atrapaba como si fuera un pajarillo en una jaula.

Reyhan.

No estaba segura de si había pronunciado el nombre en voz alta y si solamente lo había pensado. ¿Cómo era posible después de tantos años? Parpadeó y se preguntó si sería un sueño. Pero no, no tenía tanta suerte. El era real y estaba junto a ella, por muy inverosímil que pareciera. Habían pasado seis años desde que él se aprovechara de ella para luego abandonarla. Seis años desde que ella se encerró en casa de sus padres a llorar por lo que podía haber sido, deseando en secreto que volviera para reclamarla.

Pero él jamás volvió, y finalmente ella regresó a su vida… más vieja, más sabia y emocionalmente destrozada.



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