
– No se ha golpeado en la cabeza -dijo una joven, tocando la frente de Emma-. Yo estaba mirando cuando se desmayó, alteza.
– Gracias. ¿Sus aposentos están listos?
La mujer asintió y Reyhan tomó a Emma en sus brazos. Su cuerpo estaba lánguido y débil, con una mano presionada contra el pecho de Reyhan y la otra colgando al costado. Estaba pálida y respiraba lentamente.
Reyhan se tomó un momento para observar sus largas pestañas y sus generosos labios. El pelo espeso y rojizo que él recordaba caía en suaves ondulaciones alrededor del rostro, y sabía que si las contaba, encontraría las once pecas en la nariz y las mejillas.
¿En qué habría cambiado?, se preguntó en silencio. Pero se dio cuenta de que no quería saberlo. Se levantó y se dirigió hacia el palacio.
Su padre caminó junto a él.
– Al menos te ha recordado -le dijo.
– Con gran deleite, obviamente.
– Tal vez se haya desmayado con alivio por saber que vais a estar juntos.
Reyhan no se molestó en contestar. Emma no lo había visto en seis años, y por lo que él había podido averiguar, no había hecho el menor intento por contactar con él. No sabía lo que ella recordaría de su breve… relación, pero dudaba de que su desmayo tuviera algo que ver con el alivio.
Los aposentos de los invitados estaban en la segunda planta y Reyhan se dirigió directamente hacia allí, agradeciendo en silencio que su padre no dijera nada más. Entró en la suite y dejó a Emma en el sofá. Una doncella aguardaba en un rincón.
– Averigua cuándo llega el médico -le ordenó él.
La doncella asintió y agarró un teléfono de una mesita, mientras Reyhan se sentaba en el sofá junto a Emma y le tomaba la mano. Tenía los dedos fríos, así que se los llevó a la boca y los calentó con su aliento.
– Emma -susurró-. Despierta.
Ella movió ligeramente la cabeza y soltó un débil gemido.
– El médico llegará en quince minutos -informó la doncella.
