
– Ya vuelves a estar con nosotros -dijo él, con una voz baja y profunda que resonó como un trueno lejano-. No recordaba que fueras propensa a los desmayos.
– Yo nunca me desmayo -respondió ella.
– Acabas de hacerlo. Ha sido un viaje muy largo… ¿Pudiste dormir en el avión?
Hablaba con una naturalidad asombrosa, como si lo que estaba sucediendo no fuera extraordinario. Como si sólo hubieran pasado unos días y no seis años desde la última vez que estuvieron juntos.
La indignación se convirtió en furia. Quería gritarle, insultarlo, arrojarle algo a la cabeza… Pero la educación que había recibido como una dama no le permitía más que fulminarlo con la mirada. Reyhan le tocó ligeramente la mejilla.
– Tus ojeras muestran la falta de sueño. Supongo que no debe extrañarme que no hayas dormido. No te han explicado por qué te han traído aquí. Y si mal no recuerdo, siempre estabas impaciente y ansiosa por saberlo todo.
Emma perdió la atención momentáneamente mientras él le acariciaba la piel, lo cual la irritó. Cuando el pulgar de Reyhan le tocó el labio inferior, tuvo un sobresalto que la desconcertó. La sensación de su tacto la traspasó como un relámpago, derritiéndolo todo a su paso.
¡No! No podía reaccionar así. No podía sentir nada. Si aquel hombre era realmente Reyhan, lo único que podía provocarle era desprecio. Ni siquiera se merecía su atención.
– Veo la ira en tus ojos -dijo él con una sonrisa torcida-. Como una gata salvaje. Menos mal que no tienes garras. De lo contrario, podrías hacer mucho daño.
Y dicho eso, la volvió a sorprender besándole los nudillos.
Emma sintió cómo él calor de su boca le llegaba hasta los dedos de los pies. La sensación ardiente creció hasta que le entraron ganas de ronronear como la gata que él había mencionado.
– Para -ordenó, retirando la mano. Una orden que iba dirigida a los dos. En las últimas veinticuatro horas su vida había sufrido un vuelco, pero estaba decidida a averiguar qué estaba pasando. Y para ello tenía que mantener la calma y la concentración.
