
Se apartó y se irguió hasta sentarse. Y cuando él se dispuso a ayudarla, ella lo rechazó.
– Estoy bien -le dijo con la voz más gélida que pudo-. Lo que necesito de ti es que me expliques qué está pasando, qué hago yo aquí y, ya puestos, ¿qué haces tú aquí?
Antes de que él pudiera responder, un gato de color canela con ojos violetas saltó al regazo de Emma. Se quedó perpleja. ¿Gatos en el palacio?
Reyhan tomó al animal y lo puso en el suelo. El gato lo miró, soltó un bufido de disgusto y se alejó.
– ¿Eres alérgica a los gatos? -le preguntó él.
– ¿Qué? No.
– Bien. Porque el palacio está lleno de gatos. Son de mi padre.
¿Su padre? Se frotó la sien y pensó si quería preguntarle quién era su padre. Por mucho que le gustara saberlo, la respuesta le daba miedo. Porque tenía el presentimiento de que Reyhan guardaba algún parentesco con el rey de Bahania.
Se obligó a calmarse mientras Reyhan volvía a tenderle el vaso de agua. Ella lo aceptó y sus miradas se encontraron.
Lo que más recordaba de él eran sus ojos. Oscuros y llenos de secretos. Una vez había creído que si pudiera aprender a leer en sus ojos, llegaría a conocer su alma… Pero las pocas semanas que habían pasado juntos no les habían dado tiempo para conocerse.
La tristeza amenazaba con invadirla, e intentó protegerse recordando lo que Reyhan le había hecho, cómo se había marchado y lo sola y preocupada que se había quedado. Era mejor estar enfadada. Presentía que iba a necesitar las energías de la ira.
– No sé qué juego es éste -espetó-, pero no voy a participar. Quiero volver a mi casa inmediatamente. Por favor, llama a Alex y haz que me lleve de vuelta al avión.
– Tu escolta del Departamento de Estado ha salido de palacio. Pasará la noche en uno de nuestros mejores hoteles de la costa y volverá a tu país por la mañana -le explicó Reyhan-. No volverás a verlo.
