La furia se disipó y el miedo ocupó su lugar. ¿Alex se había ido? ¿Y ella se había quedado sola en el palacio y en aquel país?

Emma no sabía si echar a correr o intentar escabullirse. La cabeza aún le daba vueltas y no se sentía capaz de levantarse, de modo que la primera opción quedaba descartada.

– ¿Qué estoy haciendo aquí? -preguntó-. ¿Por qué el rey de Bahania me pidió que viniera? ¿Y qué estás haciendo tú aquí? Sea lo que sea, no puede haber ninguna relación con lo que me está pasando.

La última frase fue, más una súplica que una declaración. Reyhan la miró. Sus rasgos duros y atractivos parecían esculpidos en piedra o acero.

– ¿No lo has adivinado? -le preguntó en un tono tranquilo y jocoso-. El rey es mi padre, y la invitación es tanto suya como mía.

Emma se quedó con la mente en blanco, completamente perdida y confusa. Fue como quedarse sin luces durante una tormenta.

El hombre sentado a su lado se levantó, irguió los hombros y la miró con una expresión altanera, posiblemente adquirida y perfeccionada por una vida de arrogancia real.

– Soy el príncipe Reyhan, el tercer hijo del rey Hassan de Bahania.

Emma parpadeó un par de veces. No era posible, se dijo a sí misma, intentando borrar el pensamiento semicoherente que empezaba a formarse en su cabeza.

– ¿Un pri… príncipe? -balbuceó. No, no podía ser. ¿Reyhan un príncipe? ¿El mismo Reyhan al que había conocido en la universidad, con quien había tenido unas cuantas citas, quien la había llevado lejos… y quien le había roto el corazón?

– El rey ha decidido que es hora de que me case -le dijo él-. Y es imposible que pueda hacerlo si ya estoy casado. Contigo.

Siguió hablando, pero ella no lo escuchaba. No podía. ¿Un príncipe? ¿Casado?

– Pero… -le falló la voz y tragó saliva antes de volver a intentarlo-. Pero aquello no fue de verdad.



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