
Recordó la tranquilidad de la isla caribeña, la brisa suave, el murmullo de las olas, la habitación del hotel… Reyhan le había pedido que se fuera con él y ella había accedido porque no podía negarle nada. A sus dieciocho años era demasiado inocente, y no se había atrevido a decirle que nunca había salido con ningún hombre. Él había sido el primero, en todos los aspectos.
Años más tarde, cuando recordaba aquellos días ardientes y las noches interminables, se convenció a sí misma de que había estado tan fascinada por el amor que creía sentir por Reyhan que no pudo negarle nada. Jamás hubiera pensado en pedirle que fueran más despacio y que le diera tiempo para acostumbrarse. Y en cuanto a su matrimonio, el abogado de sus padres le había dicho que era una farsa.
Durante mucho tiempo la verdad la había destrozado. Se había odiado por su propia debilidad ante Reyhan, y porque aún siguiera deseándolo, a pesar de haberla usado y abandonado. El tiempo fue lo único que la ayudó a sanar sus heridas.
– ¿El qué no fue de verdad? -preguntó él frunciendo el ceño.
– Nuestro matrimonio. Sólo lo hiciste para llevarme a la cama… Y para conseguir un permiso de residencia. Nada más decirlo, se dio cuenta de que había cometido un error. Reyhan pareció hacerse más alto e imponente a medida que su temperamento se avivaba. Su furia era tan tangible como el sofá en el que ella estaba sentada, y su expresión se tornó en una mueca de desprecio y desaprobación.
– ¿Un permiso de residencia? ¿Por qué habría yo de necesitarlo? Soy el príncipe Reyhan, heredero al trono de Bahania. No tengo que buscar asilo en ninguna parte. Éste es mi país.
– De acuerdo -aceptó ella, carraspeando. En su tiempo le había parecido una posibilidad lógica-. No te casaste conmigo por eso.
– Por supuesto que no. Fui a tu país para continuar mis estudios, y te honré dándote mi apellido y mi protección. Y en cuanto a llevarte a la cama, no valía la pena tanto esfuerzo para una recompensa tan miserable.
