
– Soy encantador -dijo él arqueando las cejas.
– Deja que te dé un consejo. Eso de «soy el príncipe Reyhan de Bahania» está muy anticuado. Créeme. Sadik también lo intentó conmigo.
– Tu especialidad es crear problemas.
– Eso es cierto.
Reyhan asintió y salió de la habitación.
– ¿Eso está sucediendo realmente? -preguntó Emma, sintiéndose más cansada y confusa que en toda su vida.
– Desde luego que sí -le aseguró la mujer-. Ahora mismo estás sentada en el palacio real de Bahania -se dejó caer en el sofá junto a ella y sonrió-. Empecemos desde el principio. Hola, me llamo Cleo.
– Y yo Emma. Emma Kennedy. Cleo la recorrió con la mirada.
– Me encanta tu pelo. Mi cuñada Sabrina se lo tiñó de rojo una vez, pero no se parecía en nada a este color. ¿Es natural?
– Sí, lo es.
– El mío también -dijo Cleo, tirando de su pelo rubio, corto y en punta-. Una vez me eché reflejos dorados, a ver si podía parecer más elegante, pero fue una equivocación. Estoy condenada a ser una rubia hortera para toda mi vida. Pero no me importa. Quiero decir, soy una princesa, así que puedo ser real y hortera.
Emma se sentía como si hubiera entrado en un universo paralelo.
– Lo siento. Me temo que no te entiendo.
– Lo sé -dijo Cleo con una sonrisa-. Estoy hablando sin parar. Además, ¿qué te importa a ti mi pelo? Bueno, pues el asunto es el siguiente: estás en Bahania y Reyhan es un príncipe. Son cuatro príncipes en total. Murat es el mayor y el primer heredero al trono. El segundo es Sadik, mi marido, que está a cargo de las finanzas. Reyhan es el siguiente. Se ocupa de todo lo relacionado con el petróleo, y déjame que te diga que por aquí tienen de sobra. Luego está Jefri, que está organizando una fuerza aérea conjunta con nuestro país vecino, El Bahar. También está Zara, quien no supo que era princesa hasta hace un año. Vive en el desierto, pero ésa es otra historia.
