A Emma empezó a darle vueltas la cabeza.

– ¿Quiere que nos vayamos ahora mismo?

– Por favor.

Emma miró al otro hombre, que seguía junto a la puerta corredera. Temía que si se negaba la llevarían contra su voluntad, y no era un pensamiento muy tranquilizador. De modo que parecía inexorablemente abocada a hacer un viaje.


Dos horas y media más tarde, estaba sentada en un lujoso jet privado que se elevaba sobre las luces de Dallas. Tenía una maleta en el compartimiento de carga, una pequeña bolsa junto a sus pies y, como había prometido, Alex Dunnard iba sentado a su lado.

Aún no estaba segura de cómo había sucedido todo. De alguna manera Alex la había convencido para que llamara al hospital, hiciera el equipaje y les dejara un mensaje a sus padres diciéndoles que se iba de viaje con una amiga.

Luego, se había duchado y cambiado de ropa, y a los pocos minutos estaba en una limusina tan grande como un campo de fútbol, en dirección al aeropuerto.

Si lo miraba por el lado bueno, estaba siendo raptada, en caso de ser un rapto, por alguien con dinero y estilo. Lo malo era que había dejado aparcada su vida para las próximas dos semanas con tan sólo un par de llamadas telefónicas y el ruego a su vecina para que le recogiera el correo. ¿Qué decía todo eso de ella?

Antes de que pudiera responderse, se le acercó una mujer joven con uniforme.

– Señorita Kennedy, soy Aneesa, y será un placer atenderla durante el vuelo a Bahania.

La informó sobre la hora prevista de llegada, mencionó una escala en España para repostar y le ofreció la selección de platos para cenar.

– Cuando desee retirarse a dormir, hay un compartimiento para su uso exclusivo -continuó con una sonrisa-. Está equipado con baño completo.

– Genial -respondió Emma, intentando no mostrarse impresionada, como si aquello le sucediera todos los días.



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