– ¿Quiere que le sirva la cena?

– Eh… claro, ¿por qué no?

La azafata se alejó y Emma se volvió hacia Alex.

– ¿Va a decirme qué está pasando aquí realmente?

– Le he dicho todo lo que sé.

– Que el rey quiere que sea su invitada durante dos semanas.

– Sí.

– ¿Y no sabe por qué?

– No.

No le servía de mucha ayuda, así que devolvió la atención al paisaje que iba dejando atrás y se preguntó si volvería a ver Texas alguna vez.

Decidida a no dejarse llevar por pensamientos desagradables, agarró la guía del avión y fingió que se interesaba por los DVDs disponibles.

Media hora más tarde les sirvieron la cena. Estaba exquisita, y Alex la devoró con avidez. Emma se tomó el pollo ahumado, pero rechazó el vino, y observó a su compañero de viaje. Alex Dunnard era un hombre atractivo, de cuarenta y pocos años, y, a juzgar por su anillo, casado. ¿Le importaría a la señora Dunnard que su marido se marchara sin previo aviso? ¿O él ya se esperaba aquel viaje? ¿Y por qué el rey de Bahania quería conocerla? Más preguntas sin respuesta. Cuando intentó sonsacarle más información a Alex, éste se mostró cortés, pero nada comunicativo.


Tras noche inquieta en una cabina de lujo, varias franjas horarias y una escala para repostar, Emma no sabía más de lo que había sabido al subirse al avión en Dallas. La única diferencia era que estaban aterrizando en un aeropuerto que lindaba con el desierto. Miró por la ventanilla e intentó no quedarse boquiabierta. Las vistas eran tan impresionantes que casi la dejaron sin aliento.

Un mar azul turquesa acariciaba una playa de arena blanca, tras la que se extendían kilómetros y kilómetros de edificaciones, follaje exuberante y suburbios que poco a poco iban dejando paso a la interminable extensión del desierto. Emma pudo ver zonas industriales, enormes edificios que parecían muy antiguos y docenas de parques diseminados por toda la ciudad.



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