
Aterrizaron con una ligera sacudida y el avión se detuvo junto a la terminal. Emma fue escoltada a la pista, donde la tarde era calurosa, soleada y seca. El sol brillaba con tanta fuerza que casi la cegó. Al entrar en una sala acondicionada, un hombre uniformado hizo una reverencia cuando ella se presentó y le mostró el pasaporte.
– Señorita Kennedy -dijo con una sonrisa radiante-, bienvenida a Bahania. Le deseo una estancia muy agradable.
– Gracias -murmuró ella, preguntándose si todos serían siempre así de educados.
Las sorpresas no acabaron. Minutos más tarde, Alex la escoltó hasta otra enorme limusina, en cuyo interior había una botella de champán en un cubo de hielo y un pequeño ramo de flores.
– ¿Son para mí? -le preguntó a Alex.
– Dudo de que el rey las haya mandado para mí -respondió él, y señaló la botella-. ¿Le apetece un poco de champán?
– No he dormido en el avión, y entre el cansancio, lo extraño de la situación y la diferencia horaria, lo último que necesito es beber alcohol.
Cuando salieron del aeropuerto, Alex empezó a hablarle de la ciudad. Le enseñó el distrito financiero, el bazar y el acceso a las famosas playas de Bahania. Emma hizo lo posible por prestar atención, pero cuanto más avanzaban por la carretera, más se arrepentía por haber ido hasta allí. Bahania era preciosa, sin duda, pero ella acababa de recorrer medio mundo con un desconocido para conocer a un rey del que apenas había oído hablar. Y, aparte de ese rey y de su compañero de viaje, nadie más en el planeta sabía dónde estaba ella.
No era una situación que invitara a relajarse.
Cuarenta minutos después, la limusina cruzó una verja abierta donde había varios guardias apostados y recorrió lo que parecieron kilómetros de jardines y vergeles. Emma miró por la ventanilla y vio el legendario palacio rosa a lo lejos.
