– Por aquí -dijo él.

– ¿Perdona?

– Te acompañaré a tu habitación.

¿Los príncipes hacían eso? Billie creía que lo único que un príncipe hacía por sí mismo era respirar. ¿No había leído en alguna parte que incluso tenían un criado especial que les ponía la pasta de dientes en el cepillo?

– ¿Es tu primera visita a mi país? -preguntó él.

– Sí -respondió ella, echando a caminar junto a él.

Entraron en un vestíbulo del tamaño de un pequeño estadio de fútbol. El artesonado del techo con incrustaciones en oro se elevaba bastantes metros por encima de sus cabezas. Las paredes estaban recubiertas de mosaicos que describían antiguas batallas, y Billie las contempló con interés.

– Mi pueblo siempre ha sido un pueblo luchador y guerrero -explicó él-. Hace mil años, defendimos nuestra tierra contra los infieles.

Ella lo miró de reojo,

– Esos seremos nosotros, ¿verdad?

– Sólo si eres europea.

– Soy un poco de todo -respondió ella, estudiando con curiosidad las vidrieras de las ventanas y la exquisita lámpara de araña que colgaba del techo-. Es precioso.

– Gracias. El Palacio Rosa es un tesoro de los habitantes de Bahania.

– ¿Ah, sí? -dijo ella -¿Y cuántos pueden dormir aquí de manera regular?

El príncipe la sorprendió con una amplia sonrisa.

– Lo tenemos en usufructo.

– Seguro que os lo agradecen.

El príncipe echó a andar por el pasillo principal, y Billie lo siguió, pensando que un tanque podría pasar por allí sin ninguna dificultad.

– Tu país no es estrictamente musulmán -dijo ella.

– No. Tenemos libertad religiosa, y respetamos todas las creencias.

Mientras que el resto de Oriente Medio parecía seguir inmerso en antiguas tradiciones inamovibles, Bahania y El Bahar, el país vecino, ofrecían libertad religiosa.



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