– Ni lo sueñes.

Billie sacudió la cabeza. Ya era bastante duro ser la pequeña de la familia, pero ser la única chica era incluso peor.

El coche giró una esquina y los ojos de Billie se abrieron como dos soles.

– Esto es increíble -susurró, contemplando el espectacular palacio rosado que se extendía delante de ella.

El edificio principal era enorme, del tamaño de un museo o de un edificio parlamentario. Una hilera de balcones rodeaba cada planta, y había torreones, ventanas arqueadas, y guardias uniformados junto a las puertas y en los jardines que se extendían más allá de lo que alcanzaba la vista.

– No está mal -dijo Doyle.

– Es alucinante -lo corrigió Billie, dándole un codazo-. Una pena que papá y los chicos no puedan verlo.

Su padre estaba en Sudamérica en una conferencia multinacional y sus dos hermanos mayores tenían misiones especiales en Irak. Por eso, Doyle y ella eran los responsables del entrenamiento de la nueva fuerza aérea de Bahania. Un trabajo fácil, pensó Billie, que era capaz de entrenar a los pilotos con los ojos cerrados. La limusina se detuvo y un guardia uniformado se adelantó para abrir la puerta de atrás. El primero de salir fue Doyle. Después, Billie tomó a Muffin en brazos y se apeó. Lo primero que vio cuando sus ojos se acostumbraron a la luz fue al príncipe Jefri.

– Señorita Van Horn -dijo el príncipe, con un asentimiento de cabeza.

– Billie -dijo ella, con una sonrisa-. Si voy a derrotarte en el aire con regularidad, será mejor que no nos andemos con formalismos.

Estaba segura de que el príncipe se creía muy capaz de ganarle. Todos los pilotos pensaban lo mismo, y todos se equivocaban. Eso sólo significaba que su actitud sería más insoportable a medida que avanzara el programa de entrenamiento. Oh, en fin. No sería la primera vez.

El príncipe habló a una joven uniformada, y ésta asintió. Después se dirigió a Doyle, a quien hizo un gesto para que siguiera a la mujer al interior del palacio. Billie esperó su turno.



9 из 136