– Considera el palacio tu casa mientras estés en Bahania.

– Ten cuidado con esa invitación. ¿Y si no me quiero ir nunca?

Entonces podría verla siempre que quisiera, pensó él. Qué lástima que su padre eliminara el harén al principio de su reinado. Billie habría sido una maravillosa adición.

– Por favor, si necesitas algo habla con el personal -dijo, en lugar de decirle lo que estaba pensando.

– Sí, aunque no creo que necesite nada más. Esta habitación es alucinante.

Billie se inclinó y dejó a la perrita en el suelo. La bola de pelo trotó hacia el sofá y empezó a olisquear los muebles.

– ¿Siempre viajas con ella? -preguntó Jefri.

– Sí, incluso la llevo cuando vuelo.

– ¿Y le gusta? -preguntó él, extrañado.

– No lo sé -reconoció Billie -. No vomita, así que eso es buena señal.

Jefri no quería seguir hablando de la perrita, y se acercó a las puertas acristaladas que daban a la terraza. Desde allí se divisaba una magnífica vista de los jardines con el mar al fondo.

– La terraza rodea todo el palacio-la informó él-. Desde el extremo sur se puede ver Lucia-Se-rrat.

– He oído hablar de la isla. Dicen que es muy bonita.

– Casi toda esta zona lo es.

Billie sacudió la cabeza.

– Pensaba que era todo arena. Pero la ciudad se extiende en una zona mucho más amplia de lo que había imaginado. Claro que una vez la dejas atrás, el desierto se extiende de forma interminable.

– ¿Lo has visto desde el aire?

Billie asintió.

– Sí, no tenía mucho más que hacer. Los primeros días de los combates aéreos son bastante aburridos porque…

Se interrumpió. Tragó saliva y lo miró sin alzar la vista.

– Qué metedura de pata, ¿eh? -dijo-. Acabo de insultar a un príncipe. ¿Hay algún castigo? ¿Por eso me encierran en las mazmorras?

– ¿A qué viene tanta preocupación? -preguntó él-. En el aeropuerto me has dicho que no te ganaría nunca.



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