– Y no me ganarás – le aseguró ella -, pero supongo que debería ser más diplomática.

– ¿Porque estás en el palacio?

– Porque, poniendo la cosas en perspectiva, yo sólo soy una simple chica de pueblo y tú… no.

– Desde luego. Tampoco nadie me llamaría una chica de ciudad.

Los labios femeninos esbozaron una sonrisa.

– Ya me entiendes. Podrías pasarme unas notas. Algo como: «Veinte formas seguras de no ofender a la realeza».

– Si quieres puedo enviarte al encargado del protocolo -propuso él.

Billie arrugó la nariz.

– Te estás burlando de mí, ¿no?

– Sólo un poco.

– Vaya, además tienes sentido del humor. ¿Cuál es la siguiente sorpresa? ¿También te lavas la ropa?

– Nunca.

– Como todos los hombres. Mis hermanos tampoco…

Un aullido interrumpió la conversación. Jefri se volvió hacia el sonido, pero Billie ya corría hacia el lugar de los ladridos.

– ¡Muffin! -gritó, lanzándose en medio del revuelo de pelo, patas, dientes y colas.

Jefri reparó en las manos y las piernas desnudas de Billie, y aunque no tenía ningún deseo particular de rescatar a la perra, se sintió obligado a ayudarla. Sujetando a Billie por la cintura, la apartó.

– Yo me ocupo – dijo él, metiéndose entre el grupo de gatos y sacando una pequeña bola de pelo que gemía y ladraba con desespero.

Su amabilidad le costó varios rasguños, un mordisco de la perra y un traje negro cubierto de pelo.

– Creo que esto es tuyo -dijo, entregándole a Muffin.

– ¡Muffin! ¿Te han hecho daño? -preguntó Billie, pasándole las manos por el cuerpo-. ¡Qué salvajes!

Tras asegurarse de que Muffin no estaba herida, Billie miró angustiada a su anfitrión.

– No sé qué decir -dijo-. Podían haberla matado.

Jefri se examinó la mano. El mordisco de Muffin no le había hecho mella, pero algunos gatos habían dejado la marca de sus garras.

– Creo que habría sobrevivido al enfrentamiento.



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