Jefri fue hasta la puerta del pasillo y la abrió. Después sacó a los gatos de la habitación.

– Puede que aún queden uno o dos por ahí- dijo él -. Sólo tienes que echarlos.

Ella miró a su alrededor, intranquila, y después se acercó a él.

– ¿Cómo puedo agradecértelo?

El tono de su voz era bajo e intenso. Si hubiera sido una mujer de su círculo social habitual, Jefri habría asumido que la oferta era algo más que un sincero agradecimiento. Pero con Billie no estaba seguro. Además, a pesar de lo mucho que la quería en su cama, su intención era seducirla despacio, paso a paso.

– No tiene importancia.

– Ya lo creo que la tiene -dijo ella, dejando a Muffin en el sofá-. Esos gatos son horribles -estiró la mano y le tomó la suya-. ¡Estás sangrando!

Algunos de los rasguños tenían sangre. A Jefri no lo preocupaban, pero no protestó cuando Billie lo llevó al espacioso cuarto de baño y le echó agua en la mano.

La piel femenina era suave y cálida, y Billie estaba lo bastante cerca de él como para sentir el calor de su cuerpo y el ligero roce de los senos en el brazo.

– Has sido muy valiente -dijo ella.

– Sólo son gatos.

– Asesinos por naturaleza -murmuró ella, a la vez que buscaba una toalla.

Jefri se secó las manos y después le puso el dedo en la barbilla.

– ¿Qué te pasó para que les tengas tanto miedo? Ya sé que son cazadores, pero son muy pequeños para representar un peligro real.

Billie se encogió de hombros.

– No me gustan.

– Eso ya lo sé. ¿Por qué?

Billie suspiró. El aliento fue una suave caricia para la piel masculina, y Jefri dejó caer la mano a un lado.

– Cuando era pequeña quería tener una mascota, algo que fuera sólo mío -dijo ella-, y cuando cumplí siete años, mis tres hermanos me regalaron entre todos una ratoncita blanca preciosa.

Billie sonrió al recordarlo.

– Sé que lo hicieron porque pensaron que un ratón me asustaría, pero no me asustó en absoluto. Todo lo contrario.



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