
– ¿Tienes tres hermanos mayores? -preguntó él.
Ella sintió.
Jefri pensó en Doy le Van Horn, en su tamaño y en su fuerza, y supo que Billie tuvo que ser dura para sobrevivir con ellos.
– Se llamaba Missy, y yo la adoraba.
– ¿La ratoncita Missy? -preguntó él, arqueando las cejas.
– Sí -sonrió ella-. Era una monada, y yo le enseñaba trucos, como ponerse de pie cuando le daba comida.
– Pero eso no es un truco -rió él-. Sólo quería comer.
Billie entrecerró los ojos.
– Era mi ratoncita, así que yo decido si era un truco o no.
– De acuerdo, de acuerdo. Así que tenías un ratón, y supongo que apareció un gato.
Billie asintió. Se apoyó en el mármol del cuarto de baño.
– En casa teníamos un cuarto de juegos que tenía un cerrojo bastante alto. Yo no llegaba a abrirlo, y a veces, si se cerraba la puerta de golpe, el cerrojo bajaba y desde dentro yo no sabía abrir. Un día Missy se escapó. La busqué por todas partes, y les pedí a mis hermanos que me ayudaran, pero no quisieron. Yo estaba histérica, así que me fui enfadada al cuarto de juegos y la puerta se cerró de golpe. Y el cerrojo bajó.
La voz femenina se mantuvo firme. Billie cruzó los brazos y tragó saliva.
– Me acerqué a la ventana y entonces la vi. Dos de los gatos del vecino la tenían acorralada. Estaban jugando con ella. Torturándola. Llamé a gritos a mis hermanos para que me abrieran la puerta, pero no me oyeron. Mi madre había ido a comprar. Yo estuve encerraba casi dos horas. El tiempo que tardaron en matarla y comérsela.
Jefri hizo una mueca.
– ¿Lo viste todo? -preguntó, extrañado.
– Claro. No podía dejarla sola, era mi ratoncita – suspiró-. No sé cuánto lloré. Por fin mi madre me encontró e intentó convencerme de que no había sido Missy, pero yo sabía que era ella. ¿Cuántos ratones blancos viven silvestres en el campo?
