– ¿Por eso no te gustan los gatos?

– ¿Tú que crees?

– Actuaron por instinto, no por malicia -dijo él.

– Vaya. ¿Y eso hace aceptable la muerte de Missy?

¿De verdad estaban hablando de un ratón?

– Claro que no.

– Tener un animal de compañía es duro, pero merece la pena -dijo ella, incorporándose-. Ahora tengo a Muffin y me aseguraré de que no le pase nada. Ningún gato, por muy palaciego que sea, se la zampará para cenar.

– Estos gatos están demasiado bien alimentados.

– Más vale -dijo ella, con un destello de rabia en los ojos.

¿Cómo habían cambiado tanto de tema de conversación?, se preguntó Jefri. A él le gustaría hablar de aviones, o de lo guapa que era, pero estaban hablando de ratones.

– Diré al servicio que mantenga a los gatos fuera de tus habitaciones -dijo él.

– Gracias -dijo ella, y miró a la bañera-. Si no me hubieras tentado con este magnífico cuarto de baño, seguramente habría vuelto a los barracones. Pero esto es irresistible.

Oh, encima. La bañera era irresistible, pero él no.

– Sobre tu estancia aquí -dijo él -. ¿Tienes que ir al aeropuerto todos los días?

– Sí. Tengo que cargarme a muchos novatos – sonrió ella, guiñándole un ojo con picardía.

– Estoy seguro de que mis hombres estarán encantados de aprender de ti -dijo él, ignorando la insinuación de que ella siempre lo vencería.

– Oh, aprenderán, aunque no disfruten mucho en el proceso -respondió ella, con una sonrisa.

– Te pondré un coche con chófer a tu disposición. Sólo dile adonde quieres ir, y él te llevará.

Billie abrió la boca, con incredulidad.

– ¿Un coche con chófer para mí sola?

– Puedes compartirlo si quieres.

Billie soltó una carcajada.

– No, no hace falta. Como he dicho antes, podría acostumbrarme a esto.

– Espero que disfrutes de tu estancia en mi país -dijo él, y con un asentimiento de cabeza se fue.



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