– No está mal -murmuró Billie, mientras Muffin empezaba a olisquear.

Las sandalias de tacón resonaban en el sendero de piedras. Caminó entre plantas, arbustos y árboles, deteniéndose de vez en cuando a oler una flor o aca¬riciar una hoja. No sabía mucho de plantas. Lo suyo eran los motores y la velocidad para romper la barrera del sonido. Sin embargo, podía apreciar la belleza y serenidad de lugar.

Dobló una esquina y vio a un hombre sentado en un banco. El la miró, y cuando ella se acercó, él se levantó.

– Buenas tardes -dijo éste con una sonrisa-. ¿Quién es usted?

El hombre era alto y atractivo, aunque mayor, de pelo canoso e intensos ojos negros. El elegante traje de corte clásico le recordó al presidente de un banco, o a un senador.

– Billie Van Horn -dijo ella, tendiéndole la mano.

– Ah, los expertos en aviones. Reconozco el nombre-dijo el hombre. Le estrechó la mano y le indicó el banco-. ¿Es miembro de la familia?

– La única chica. Un rollo, si quiere que le diga la verdad -dijo Billie, sentándose-. Por suerte soy una excelente piloto y si mis hermanos se pasan conmigo los desafío a un combate aéreo -sonrió-. Y perder conmigo es una buena cura de humildad.

– Me imagino.

Muffin se acercó a olisquear los zapatos del hombre.

– Mi perrita Muffin -dijo Billie-. Me habían dicho que había gatos, pero no esperaba tantos. No quiero que Muffin termine en la cazuela.

– No tiene que preocuparse. Esta perra parece muy capaz de cuidarse sola.

– No cuando son tantos. Ya ha habido una pelea en mi habitación.

El hombre arqueó las cejas.

– ¿Se aloja en palacio?

– Sí. El príncipe Jefri nos ha invitado a mi hermano y a mí -Billie se inclinó hacia él-. Debo confesar que me he dejado seducir por la bañera. ¿Quién puede negarse a vivir unas semanas en un palacio? Es un lugar increíble.



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