
– Me alegro de que le guste.
Un gato se acercó paseando. Billie lo miró con desagrado.
– ¿Pilota reactores? -preguntó el hombre, acariciando un momento el lomo del animal-. ¿Ése es su trabajo?
– Me ocupo de los vuelos de entrenamiento, sí. También trabajo con los pilotos en los simuladores.
– ¿Se le da bien?
Billie sonrió.
– Soy la mejor. Esta mañana me he cargado al príncipe Jefri en menos de dos minutos. No literalmente, claro.
– Me alegro. Todavía no estoy preparado para perder a mi hijo menor.
Al escuchar las palabras, Billie abrió la boca, y enseguida la cerró.
– ¿Hi-hijo? -repitió, con la esperanza de haber oído mal-. ¿Usted es su padre?
– Sí.
Billie estudió un momento los ojos negros del respetable anciano y se dio cuenta del parecido.
– Entonces usted es…
– El rey.
– Oh, cielos.
Billie se levantó, pensando en El Rey y yo, y se preguntó si estaría autorizada a tener la cabeza por encima de la de él. ¿Era una ley de verdad, o sólo un musical?
– No puedo… -tragó saliva-. No sabía… -se cubrió la cara con las manos-. ¿Cuántas leyes he infringido?
– Sólo tres o cuatro.
El rey no parecía enfadado. Ni siquiera molesto. Más bien divertido.
– Podía habérmelo dicho.
– Ya lo he hecho.
– Me refiero antes, cuando he dicho «hola, soy Billie», usted podía haber contestado «hola, soy el rey».
– Así era más interesante. Y te ha permitido hablar con más libertad, si me permites que te tutee. Después de derribar a mi hijo, creo que estoy en mi derecho.
– Por supuesto. ¿Tengo que inclinarme o arrodillarme? -preguntó, titubeando.
– Ninguna de las dos cosas. Soy el rey Hassan de Bahania -dijo, con un formal movimiento de cabeza-. Bienvenida a mi país.
