
– Gracias. Su país es muy hermoso -Billie suspiró-. Supongo que tendré que disculparme por mi aversión a los gatos.
Un fuerte aullido interrumpió la conversación. Billie se puso en pie de un salto y salió corriendo, justo cuando un gato negro y blanco pasó volando delante de ella. Billie se hizo a un lado para evitar a la horrible criatura, pero resbaló y perdió el equilibrio.
De repente, un par de fuertes abrazos la sujetaron por detrás. Alguien la puso en pie, rescatándola de lo que habría sido una dolorosa caída. Billie contuvo el aliento al sentir los músculos duros como piedras, el increíble calor corporal y los fuertes latidos de su corazón.
Volvió la cabeza y se encontró con Jefri, que la miraba a unos centímetros de distancia.
– Me temo que tu perra ha vuelto a meterse en líos -dijo él, incorporándola-. Creo que le gustan. Los líos.
Billie se alisó el vestido con las manos.
– Me parece que con tantos gatos, no le queda otro remedio que protegerse -respondió ella. Pero entonces recordó la presencia del rey y tragó saliva-. Aunque los gatos son preciosos, por supuesto – añadió casi sin voz.
Jefri la miró extrañado, pero no dijo nada. El rey parecía divertido. Se acercó y tomó a la pequeña Muffin en brazos.
– Así que tú eres la alborotadora -dijo, mirando a la perrita a la cara-. Me temo que tienes que aprender cuál es tu lugar del mundo.
Billie cruzó los dedos para que no fuera una jaula. O las mazmorras.
– Viaja siempre conmigo. Está un poco consentida.
– Ya lo veo -dijo el rey, dejando a Muffin en el suelo. Le dio unas palmaditas en la cabeza-. Quisiera invitarlos a usted y a su hermano a cenar esta noche -añadió, incorporándose -. Si puede dejar a la pequeña en su habitación, claro.
¿Cenar con un rey? Eso no pasaba todos los días. De hecho no le había pasado nunca.
– Por supuesto-dijo Billie, y recorrió mentalmente su armario-. ¿Formal? ¿Informal?
