– Sólo estará la familia -respondió él.

Lo que no aclaraba ni confirmaba la presencia del superbombón, el príncipe Jefri.

– Bien. ¿Quiere informar a su hermano?

Billie pensó en la reacción de su hermano. No le haría mucha gracia.

– Dejaré que lo haga usted -dijo ella, sabiendo que su hermano no se atrevería a rechazar la invitación de un rey-. Estará encantado.

Jefri torció la boca. ¿Le estaría leyendo el pensamiento?, pensó Billie.

No, se dijo. A los hombres como él no los preocupaba lo que pensaran las mujeres. Lo que querían… ¿qué querían de las mujeres los hombres como él?

Pero como no era ni una top model ni la heredera de ninguna fortuna ni grande ni pequeña, no tenía muchas posibilidades de averiguarlo.

– Entonces a las siete y media -dijo el rey.

– Allí estaré.

Billie se agachó, tomó a Muffin en brazos y volvió a su habitación. Si iba a cenar con el rey tenía que retocarse el peinado.

Jefri terminó de hacerse el nudo de la corbata y estudió la chaqueta, buscando pelos de gato.

– Prueba con esto -le dijo su hermano Murat lanzándole un cepillo de pelo.

– Gracias.

– ¿De verdad tiene un perro? -preguntó Murat, desde el sofá.

– Es más bien una rata con pelo.

Claro que a Billie parecían gustarle mucho los roedores, pensó recordando la tragedia de la raton-cita.

– ¿Y te ha derribado en pleno vuelo?

Jefri se puso la chaqueta y se volvió a mirar a su hermano.

– No literalmente.

– Eso ya lo veo -Murat sonrió-. Estoy impaciente por conocerla.

– Es imprevisible.

– Suena interesante.

Jefri no dijo nada. Sólo miró a su hermano, que se levantó, se desperezó y sonrió.

– Soy el príncipe heredero -dijo, como si Jefri no lo supiera-. Puedo tener lo que quiera.

– A ésta no.

Su hermano arqueó una ceja.

– ¿Por qué no?

Jefri esbozó una sonrisa.



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