– Es mía.

– Ah. ¿Lo sabe ella?

– Aún no, pero lo sabrá muy pronto.

– En ese caso, te deseo suerte, hermano.

– No la necesitaré.

Nada se interpondría entre él y Billie. Primero aprendería todos sus secretos, y después la haría suya en su cama.

Capítulo 3

Como a la mayoría de las niñas, a Billie le encantaba disfrazarse de mayor cuando era pequeña, así que ahora no iba a dejar pasar la oportunidad de arreglarse para una cena en el palacio de un rey acompañado de su real familia. Además, una de las ventajas de su trabajo era que cada dos años asistía a la Feria Aérea de París, lo que significaba que después de admirar los últimos avances tecnológicos para aviones con sus hermanos, ella se iba de compras a las boutiques más elegantes de la capital francesa.

Ahora se había puesto una de sus adquisiciones más exquisitas, un vestido de noche violeta oscuro que caía elegantemente hasta el suelo. Con unos pasadores se había recogido el pelo hacia atrás, dejando que la melena rubia y ligeramente ondulada cayera en cascada sobre su espalda. En los pies, unas sandalias plateadas de tiras de tacones altísimos la hacían sentirse como una diosa amazona.

– ¿Qué te parece? -preguntó a Muffin, enseñándole dos pendientes diferentes -. Éstos cuelgan más, pero éstos brillan.

Muffin ladró.

– Opino exactamente lo mismo. El brillo es mejor -dijo, y se puso los pendientes más pequeños de circonitas.

Se echó unas gotas de perfume y, satisfecha con el resultado, metió una bolsa de plástico en el bolso y prometió a Muffin traerle alguna exquisitez.

Lo difícil sería trasladar la carne o lo que fuera del plato a su bolsito, pero lo había hecho cientos de veces y casi nunca la habían pillado.

– Bien, pórtate bien. No volveré tarde.

Billie puso el reproductor de DVD en marcha y se dirigió a la puerta.

Al salir al pasillo del hermoso palacio rosa, tuvo la sensación por primera vez de ser casi una princesa.



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