
– Mucho mejor que un disfraz de Halloween – murmuró, echando a andar hacia el ascensor.
Mientras esperaba, oyó una puerta que se cerraba y el sonido de pasos. Segundos más tarde, Jefri caminaba hacia ella.
– Buenas noches -dijo él, impresionante en su esmoquin negro.
Billie suspiró para sus adentros. No se había equivocado. Una cena familiar en círculos reales no significaba que se pudiera asistir en pantalones vaqueros.
Cuando Jefri se detuvo junto a ella, hizo un esfuerzo para no desvanecerse. Casi todos los hombres estaban bien en esmoquin, pero si uno ya era guapo de por sí la diferencia era espectacular. Y Jefri no era una excepción. El pelo negro cepillado hacia atrás marcaba aún más sus angulosas acciones, y el cuello blanco y los puños de la camisa resaltaban el bronceado de su piel.
Por su parte, Billie evitaba el sol en la medida de lo posible. Más que broncearse se quemaba, y no quería llegar a los cincuenta con una piel con aspecto de cuero curtido.
Ser consciente de lo blanca que era ella y lo moreno que era él la hizo estremecer. Y también imaginar a los dos desnudos y entrelazados en una cama, como actores de una película porno.
– Hola -dijo ella, moviendo los dedos-. Estás muy elegante.
Jefri le tomó la mano y se la llevó a los labios. Le besó los nudillos.
– Estás preciosa -dijo él-. La hermosura de mi país palidece comparada con tu belleza.
Sí, claro. Una frase hecha propia de un príncipe. Un poco anticuada, quizá, pero que funcionó. Billie sintió las rodillas de mantequilla y el corazón desbocado.
Las puertas del ascensor se abrieron y Jefri le puso la mano en la espalda para hacerla entrar. El pulgar y el índice cayeron sobre su piel desnuda. Y a ella se le puso la carne de gallina.
– Veo que has dejado a Muffin en la habitación – dijo él.
