
Rafe asintió.
– Sí, es cierto. Se los considera una especie de tesoro nacional.
– Qué afortunados…
– Y dime, ¿dónde te informaste sobre Bahania? -preguntó el hombre.
Cleo se encogió de hombros.
– Sobre todo en Internet. Zara trabaja en la universidad y consiguió varios libros, pero el resto lo sacamos de la Red. Hay un montón de información sobre la historia del país y sobre la familia real. Incluso descargamos fotografías y cosas así.
Zara lamentó el comportamiento de su hermana porque pensaba que sólo serviría para empeorar las cosas. Después de su explicación, Rafe pensaría sin lugar a dudas que estaban allí para sacar dinero y que habían consultado la información de Internet para mejorar su plan. En realidad no le extrañaba demasiado, porque de haberse encontrado en su lugar, ella habría pensado lo mismo.
Cada vez estaba más convencida de que la mejor opción era volver a casa. Ya no tenia esperanza alguna de ver al rey, y por otra parte, se dijo que si había sobrevivido veintiocho años sin un padre, podía seguir viviendo en las mismas condiciones.
La limusina aparcó minutos después frente al hotel. Zara cayó en la cuenta de que ni su hermana ni ella le habían dado el nombre del establecimiento, así que supo que Rafe había obtenido la información por otros medios. Aquel hombre tenía tanto poder que se estremeció al pensarlo.
Rafe fue el primero en salir del vehículo. Se hizo a un lado y les abrió las portezuelas, educadamente.
– Has sido muy amable al acompañarnos -dijo Zara-. No te causaremos más problemas.
Sin embargo, Rafe no volvió a entrar en el coche. Lejos de eso, tomó del brazo a Zara y la llevó hacia la entrada.
– Me parece que tenemos más cosas de las que hablar.
Zara quiso protestar, pero sabía que no lograría convencerlo y decidió esperar hasta que se encontraran a solas. Entonces insistiría en que no tenía motivos para preocuparse por ellas y le aseguraría que volverían a Estados Unidos tan pronto como les fuera posible.
