
Entraron en el vestíbulo y se dirigieron al ascensor. La decoración del hotel era escasa, con apenas unos cuadros en las desvencijadas paredes y algunas plantas en las esquinas. No se podía decir que fuera un hotel precisamente elegante, pero estaba limpio.
Zara adivinó enseguida los pensamientos de Rafe y declaró:
– Que andemos escasas de presupuesto no significa que hayamos venido para sacar dinero. No tienes derecho a juzgarnos a la ligera.
Los ojos azules de Rafe se clavaron en ella y una vez más se sintió hechizada. Pero las puertas del ascensor se abrieron en aquel instante y la magia desapareció.
Cuando entraron, Cleo preguntó:
– ¿Conoces al rey?
– Sí.
La joven rió.
– Ya veo que no eres muy conversador… bueno, da igual que estés enfadado. Zara es realmente su hija. Tiene carras que lo demuestran y un anillo. Si quieres, puedes intentar demostrar que son falsos. Pero fracasarás y después no tendrás más remedio que aceptar la verdad.
Por primera vez desde que se habían separado del grupo de turistas, Zara se relajó un poco. Incluso pensó que la idea de marcharse no era tan buena como le había parecido.
– Tienes toda la razón, hermanita – dijo Zara.
– Por supuesto que la tengo. Ya sabes que soy algo más que una cara bonita.
Zara se volvió entonces hacia el hombre y preguntó:
– ¿Estás dispuesto a comprobar mi historia? ¿Lo harás a pesar de que ya has sacado tus propias conclusiones?
– Desde luego.
– ¿Y qué pasará cuando descubras que te has equivocado?
– Si eso sucede, ya hablaremos.
Treinta minutos más tarde, Rafe había empezado a cambiar de opinión. Había tenido ocasión de leer alrededor de una docena de cartas, y aunque estaban llenas de datos que cualquiera podía haber sacado de los libros o de una simple guía turística, la letra parecía realmente la del rey Hassan y su vocabulario era típicamente regio.
